sábado, 1 de noviembre de 2008

The power of myth

Nos apoyamos en mitos. ¿Por qué recurrir al maldito plural simplemente para no asumir responsabilidades? Lo odio...
ME apoyo en mitos. Me cuesta creer que mis idolos son personas, ya que es dificil que exista alguien, alguien humano que tenga el poder que puede tener alguien que sepa escribir una buena canción que me haga canalizar todos mis sentimientos, interpretar un papel en una pelicula que cambie la vida de algunas personas, o cambiar mi forma de pensar radicalmente por medio de unas miles de palabras en un libro de apenas 200 páginas.
Es que, ¿os podéis figurar que alguien cercano a vosotros sea un Paul McCartney, por ejemplo? Yo no. Basándome en la experiencia de veinte años como ser humana, totalmente inmersa en la sociedad que me rodea, esos seres dotados con un talento sobrenatural, solo pueden ser ALGO MÁS que seres humanos banales y aburridos, como yo.
Y bien, si estos mitos, que me cambian la vida, que hacen que la palabra adoración cobre significado en toda su extensión, ¿por qué acaban cayendo en el más estúpido de los pozos de estupidez del ser humano, banal y aburrido? ¿Por qué, Elliott Smith, tuviste que apuñalarte hasta la muerte con el contexto de tener una discusión con tu novia? No, no me merezco ese final. Tú tampoco te mereces ese final, por mucho que te suicidaras no por eso, sino por problemas de tiempos pasados. Joder, nuestros mitos no pueden caer en lo que caen los menos agraciados de nuestra especie, por la simple razón de que algo les hace sobresalir y les hace individuos privilegiados que tienen poder, el poder de cambiar a alguien.

Los mitos deberían ser cyborgs. O, al menos, como Keith Richards: inmortales.